‘Normal’

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Un día despertamos y nos dimos cuenta que aquello que veíamos en las noticias, estaba en la puerta de casa.

Un temible e invisible enemigo nos estaba obligando a replegarnos, dejando nuestros habituales y acelerados mundos en una pausa indefinida. Información contradictoria fluía por diferentes vías, y a veces emitidas por los mismos actores: un “salgan a comer, sigan con su vida normal” se topaba con un “quédate en casa”, denotando que ni siquiera los que deben de saber, sabían. Y así, de pronto, nuestra ‘normalidad’ dejó de serlo. Corrimos a comprar papel higiénico por montones, luego cerveza de la misma manera (¿cuál es la correlación entre ambos absurdos eventos? no quiero imaginarla). Dejamos de saludarnos físicamente, le entendimos a las plataformas de videoconferencia y utilizamos servicios de delivery como nunca antes. Cambiamos el disfraz de “ropa de oficina” para adoptar uno mucho más casual, pensando que “en un par de semanas estaremos como antes”.

 

Nos dimos cuenta que “lo de antes” se iba alejando cada vez más. Abrimos la cocina y descubrimos que tenemos más moldes para pastel de los que los que creíamos (y necesitamos). Igual nos pasó con los libros de casa. Y con los recuerdos. Y con muchas otras cosas. Y comenzamos la añoranza, compartiendo memes con imágenes del terrible tráfico y contaminación “normales” de nuestras ciudades, acompañadas del texto “éramos felices y no lo sabíamos”. Y volvimos a escuchar los pájaros cantando en los árboles mientras batallábamos para volver a reconectarnos con nosotros mismos y con los miembros de nuestras familias (“¿a poco a mi hijo le gusta hacer esto? nunca me había dado cuenta”) Sentimos ansiedad por no ir a pasear a quien sabe donde, a equis restaurante a pagar un enorme sobreprecio  por un platillo simple, pero etiquetado con el mame de moda, al centro comercial, a comprar una de esas cosas que no necesitamos pero que irracionalmente  adquirimos. Ansiedad por no poder gastar ese dinero que a menudo no tenemos. Ansiedad por que nos vean esa fachada social que poco a poco hemos construido, en parte como señal de “todo está bien” y en parte como una muralla para sentirnos seguros.

 

Y pasaron los días y las semanas, y comenzamos a dejar esa sensación de impotencia y duelo por no tener control sobre nuestra ‘normalidad’, esa que nos hace ir mentando madres en el tráfico, que nos ‘obliga’ a asistir a lugares que sabemos que no queremos ir; normalidad que nos apila trabajo y más trabajo a veces sin saber la razón de éste, como queriendo ser una forma de vernos ocupados. Esa ‘normalidad’ de hiperconsumo e hipervelocidad que egoístamente fue colaborando a que deterioraramos muchas cosas, algunas al extremo de no poder ya coexistir con nosotros (¿cuándo fue la última vez que viste el cielo azul o una parvada de aves pasar por tu casa?). Fuimos entendiendo que el tener prisas  por tener prisas, el poseer por poseer, el demostrar por tan solo demostrar, no es vida. Al menos, no en un contexto de vida sana y cuerda.

 

Y dejamos de enojarnos tanto porque ese enemigo invisible nos quitó nuestras aceleradas y menudo irracionales vidas ‘normales’ y nos enseñó que la vida no es lo que tienes, sino la que tienes. Que la vida no es lo que acumulas, sino lo que das. Que no es lo que compras, sino lo que construyes con el corazón en la mano.

 

Y así, un buen día, uno de esos moldes de pastel que no sabias que tenías, te enseñó que la vida plena, feliz, es a veces,  simplemente hornear un pastel con tus seres queridos (entre otras cosas). Y así, entendimos que lo normal de antes, no era necesariamente lo normal. Desaprender para aprender, dirían algunos.

Al final, alguien o algo se puso en el camino para hacernos entender que hay más vida que esa, ‘vida normal’ que creíamos vivir. ¿Que camino de normalidad elegiremos una vez que esto pase? Eso, está en gran medida, en cada uno de nosotros.

B-Safe
CLJ

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